La pieza de Juanse Rausch se presenta los lunes a las 20.30 en El galpón de Guevara, con Lucía Adúriz Bravo y Mariano Saborido en actuaciones que sostienen el corazón del espectáculo.
Dos artistas frente al paso del tiempo
Herminia y José Adoro cargan más de 80 años encima y todavía siguen aferrados a una vida de escenario: dos hermanos actores intentan sostener su oficio aunque el presente ya casi no los convoque. Viven juntos, recuerdan viejas funciones, ensayan monólogos y se mueven entre la nostalgia, el humor y una tristeza que aparece sin pedir permiso.
Ese es el mundo que construye Juanse Rausch en Las Adoro, una obra que se presenta en El galpón de Guevara, ubicado en Guevara 326. La pieza tiene funciones los lunes a las 20.30 y una duración de 90 minutos. La propuesta fue definida como una experiencia teatral muy buena, tan delirante como emotiva.
La obra está escrita y dirigida por Juanse Rausch, también autor de Paquito (la cabeza contra el suelo) y Saraos uranistas, entre otros trabajos. En este nuevo proyecto, Rausch se inspira en las familias de artistas que marcaron la historia del teatro nacional, especialmente durante los siglos XIX y XX.
La mirada sobre esas familias de intérpretes permite traer al presente materiales cargados de memoria teatral. Al ponerlos otra vez en escena, la obra recupera personajes, estilos y formas de actuación que todavía pueden despertar interés en el público, tanto en quienes reconocen esas referencias como en quienes las descubren por primera vez.
Una historia atravesada por la memoria teatral
Las Adoro no mira el pasado como una postal quieta. Lo toma, lo sacude y lo trae al presente a través de dos criaturas escénicas muy particulares. Herminia y José viven entre recuerdos, frustraciones, viejos nombres del teatro y la necesidad de seguir actuando, aunque el mundo parezca haberlos corrido del centro de la escena.
Para quienes pasaron los 50 años, algunos nombres de intérpretes, obras o espacios escénicos pueden abrir una puerta directa a la memoria. En cambio, para las nuevas generaciones, esos datos funcionan como descubrimiento. La obra permite cruzar recuerdos conocidos con pequeñas perlas de la historia teatral argentina.
Ese cruce es uno de los atractivos del espectáculo. No se trata solamente de contar la vida de dos hermanos mayores, sino de mostrar cómo el teatro deja marcas en los cuerpos y en la forma de hablar, moverse y recordar. La historia convierte el pasado teatral en una materia viva, divertida y dolorosa a la vez.
Herminia fue la primera en descubrir su vocación teatral. José siguió sus pasos y terminó convirtiéndose en una actriz trans. A partir de esa relación, la obra arma un vínculo de hermanos atravesado por la escena, la identidad, la memoria y las heridas del pasado.
Ella conserva las cualidades de un estilo entre recitativo y melodramático. Él mantiene una jovialidad que le permite mostrar su costado de comediante e imitador. Los dos personajes funcionan como un homenaje y una caricatura afectuosa de antiguos modos de actuar, sin perder nunca su humanidad.
Entre la película clase B y el regreso al pueblo
En el presente de la acción aparece una disyuntiva que ordena buena parte del conflicto. Los hermanos deben decidir entre participar en una película de clase B o viajar al pueblo donde crecieron. La obra los pone frente a dos caminos que reabren deseos, miedos y cuentas pendientes.
La película les ofrece una posibilidad concreta de mantenerse activos, aunque sea en una escena sin parlamentos. Sin embargo, no hay lugar para los dos: deben hacer una audición y el director decidirá quién tomará el papel. Esa oportunidad menor se vuelve enorme para dos actores que todavía necesitan sentirse llamados.
La otra opción es viajar al pueblo donde crecieron para formar parte de un acto que busca impedir que un viejo teatro se convierta en una iglesia evangélica. Allí, el conflicto deja de ser solo laboral y empieza a tocar la memoria, el origen y el valor simbólico del teatro.
Ese regreso genera incomodidad, sobre todo en José, que no quiere recuperar cuestiones dolorosas del pasado. El viaje al pueblo no aparece como una salida sencilla, sino como una zona sensible. Volver al lugar de origen implica enfrentarse con recuerdos que todavía duelen.
Entre esas dos posibilidades, Las Adoro encuentra su pulso. Por un lado, la necesidad de seguir trabajando. Por el otro, el llamado de un teatro amenazado y de una historia personal que no termina de cerrarse. La obra convierte una decisión aparentemente pequeña en una pregunta sobre la identidad y la permanencia.
«Las Adoro se convierte en una experiencia tan delirante como extremadamente emotiva»
Actuaciones que sostienen la obra
Más allá de los atractivos de las situaciones, el gran sostén del espectáculo está en sus intérpretes. Lucía Adúriz Bravo y Mariano Saborido llevan adelante un trabajo de enorme entrega. Las actuaciones son la clave de Las Adoro y convierten a Herminia y José en criaturas inolvidables.
Ambos intérpretes tienen una capacidad de transformación muy fuerte. Hacen que los personajes sean disparatados, patéticos y, al mismo tiempo, deliciosos. Lucía Adúriz Bravo y Mariano Saborido construyen dos presencias escénicas llenas de vitalidad, humor y emoción.
La obra crece cuando ellos se entregan a cada gesto, cada tono y cada recuerdo. Sus recursos expresivos aparecen elaborados con precisión, pero sin perder frescura. Solo actores de gran oficio pueden sostener tanta exageración sin romper la verdad de los personajes.
José puede reírse explicando cómo era “el decir” de María Rosa Gallo en contraposición al de Berta Singerman. También recuerda que compartió escenario con Estela Raval y que salía vestido con ropa y peluca similares a las de la artista. Esos detalles teatrales mezclan memoria, imitación y una comicidad cargada de ternura.
Herminia, por su parte, mantiene una relación muy marcada con el estilo melodramático y recitativo. Su forma de decir y estar en escena conecta con una tradición teatral que la obra mira con amor y desborde. El personaje permite recuperar una teatralidad antigua sin convertirla en una pieza de museo.
Un delirio con fondo emotivo
Las Adoro juega todo el tiempo con el exceso. Hay imitaciones, recuerdos, canciones, monólogos, gestos antiguos y situaciones que bordean el disparate. Pero debajo de esa superficie, la obra habla del miedo a quedar afuera, del paso del tiempo y de la necesidad de seguir siendo mirado.
Ese equilibrio entre delirio y emoción es lo que le da fuerza al espectáculo. Los personajes pueden hacer reír, pero nunca quedan reducidos a una burla. Herminia y José son patéticos y entrañables porque conservan una dignidad frágil, profundamente teatral.
La dirección de Juanse Rausch aparece precisa en el manejo de ese tono. Aunque la historia por momentos se vuelve reiterativa y no siempre hace avanzar la trama de la manera más ajustada, la puesta encuentra energía en el juego actoral y en la potencia de sus criaturas.
El vestuario de La Polilla, la escenografía de Gonzalo Córdoba Estévez, la iluminación de Facundo David y la música de Teodoro Gryner acompañan ese universo. Cada elemento aporta a una atmósfera donde el pasado teatral convive con un presente lleno de humor, deterioro y ternura.
Lo más valioso es que la obra no necesita esconder sus zonas desbordadas. Las abraza. Las convierte en parte de su identidad. Las Adoro se apoya en el exceso para hablar de artistas que se resisten a desaparecer, aun cuando el mundo ya no los llame como antes.
Una pieza para mirar el teatro desde adentro
La obra también funciona como una mirada sobre el propio oficio teatral. Muestra lo que queda cuando bajan las luces, cuando los llamados son pocos y cuando el recuerdo pesa más que las funciones. Las Adoro habla de actores que siguen necesitando actuar incluso cuando la escena parece haberse alejado.
Ese punto la vuelve especialmente conmovedora. No hay solo nostalgia por el pasado, sino una pregunta por el lugar de los artistas cuando envejecen. La pieza pone el cuerpo en una zona incómoda: la de quienes todavía tienen deseo, oficio y memoria, pero ya no son tan requeridos.
Al mismo tiempo, el espectáculo recupera una parte de la historia del teatro nacional que puede despertar distintas lecturas. Para algunos espectadores será recuerdo; para otros, descubrimiento. Las Adoro une generaciones a través de referencias, modos de actuar y nombres que forman parte de la escena argentina.
La experiencia se completa en El galpón de Guevara, una sala que recibe esta historia los lunes a las 20.30. Allí, el público se encuentra con una obra de 90 minutos donde el humor y la emoción avanzan de la mano, sostenidos por dos actuaciones de gran fuerza.
En definitiva, Las Adoro encuentra su mejor versión cuando deja que sus intérpretes ocupen el centro. La historia puede reiterarse por momentos, pero la energía de Lucía Adúriz Bravo y Mariano Saborido levanta cada escena. La obra de Juanse Rausch termina siendo una celebración torcida, sensible y vital del teatro y de quienes le ponen el cuerpo.





