Historia oral y postal barrial desde la esquina de Masantonio y Monteagudo: el edificio mudéjar de 1935 del ingeniero Rómulo Ayerza, su vida cotidiana y los cambios alrededor
Una esquina que guarda muchas capas
Originalmente fue un internado de varones de la Congregación del Buen Pastor, levantado en 1935 con ese aire mudéjar que mezcla ladrillo, arcos y tejas coloradas como si el tiempo se hubiese detenido.
La firma técnica correspondió al ingeniero Rómulo Ayerza y la ubicación quedó para siempre en la memoria: Masantonio y Monteagudo, frente a un barrio que aprendió a ubicar sus días a partir de esa esquina.
Puertas adentro: capilla, patio y canteros
Apenas se cruzaba la reja, una capillita dedicada a la Virgen de Luján recibía a quien entraba; a la derecha, el campanario marcaba las horas con un sonido que se oía hasta la otra cuadra.
Una puerta de vidrios repartidos abría hacia un patio con canteros llenos de rosas; los canteros pintados de rojo, las paredes blancas y esa mezcla de perfumes que traía la tarde cuando bajaba el sol.
A la derecha del jardín estaba la pileta de natación y una canchita de fútbol, territorio de veranos interminables, goles gritados y chapuzones con eco en las galerías.
Por la logia izquierda se llegaba a las dependencias parroquiales, donde los chicos hacían fila para catequesis o para pedir una mano con la tarea, entre cruces de voces y olor a tiza.
Contra la medianera que daba a las vías del Belgrano Sur se alineaban dormitorios y aulas; algunas miraban a Monteagudo, pegaditas a la puerta de hierro del internado que todos ubicaban de memoria.
El párroco era el padre Rendo —tío del jugador Toscano Rendo— y su asistente, el padre Figueiras, que con el tiempo llegó a Monseñor y fue trasladado al Vaticano, orgullo y anécdota repetida del barrio.
El entorno de oficios: cuero, tinta y motores
Cruzando Masantonio, en la esquina, había una talabartería donde caían carreros a reparar y encargar aperos; era un desfile de cuero curtido, hebillas y charlas largas a la sombra.
Hacia Zavaleta funcionaba la fábrica Lorilleaux Le Franc, que envasaba tintas en latas firmes y prolijas; las vecinas las pedían para guardar pan fresco, un lujo doméstico que viajaba de mano en mano.
En Masantonio y Zavaleta esperaba el bar de carreros y camioneros, cornisa de historias con café fuerte, mientras al lado bombeaba la sala de Obras Sanitarias marcando un pulso industrial.
Volviendo a Masantonio y Monteagudo, junto a la talabartería hubo una carbonería con el negro pegado a la vereda; más allá, por Monteagudo y Famatina, la farmacia Comolli, la botica del barrio.
Los fierros de la infancia y la quinta vecina
Si uno cruzaba en diagonal desde la puerta de la capilla aparecía el depósito de chatarra; entre pilas de metal descansaba una locomotorita tipo Wren, canibalizada, que deslumbraba a pibes curiosos.
Por la misma mano de Masantonio se extendía una quinta con eucaliptos frondosos; el lote del chatarrero había sido parte de esa quinta, que llegaba casi hasta Iguazú y lindaba con el corralón de materiales de Cortes.
La quinta tenía dos chalets de adobe con techumbre de paja, uno más grande, otro más bajo; los vecinos los conocían como “los chalets de Parry” y los señalaban en cada paseo.
¿Quién era Parry y qué pasó en la zona?
El doctor Parry fue un médico ligado a la Masonería Argentina que, en tiempos de la capitalización de Buenos Aires, abrió su casa como hospital de sangre para asistir heridos de ambos bandos.
En la zona se dio la Batalla de los Corrales, cuando chocaron las tropas del presidente Nicolás Avellaneda con las del gobernador Carlos Tejedor, y el barrio fue parte involuntaria de esa historia mayor.
Mientras tanto, los fallecidos eran derivados al reabierto Cementerio del Sud, y el vecindario aprendió el peso de la palabra “contingencia” mirando pasar camillas, caballos y silencios densos.
“Las veredas guardan estas capas: el juego, el trabajo, la fe y, a veces, la historia grande que se mete en la vida chica de todos los días”.
Lo que cambió y lo que quedó
Hoy los chalets ya no están, los eucaliptos tampoco; el gran predio entre Monteagudo e Iguazú lo ocupa una empresa de transportes y, al frente, el área se vive como plaza y respiro urbano.
Por detrás corre la traza de una calle en diagonal aún sin abrir que debería unir Monteagudo con Grito de Asencio después de Iguazú, como señalan los mapas cuando uno se arrima con zoom.
Del internado quedan postales en la memoria y signos en la fachada: arcos, molduras y el eco leve de la campana, como si la esquina siguiera contándonos la hora sin apuro.
Las vías del Belgrano Sur siguen marcando el borde del recuerdo; detrás de esa medianera alguna vez se durmió la siesta del colegio, y hoy pasa el rumor del tren que mantiene vivo el paisaje.
Vecinos, oficios y relatos que no se pierden
Las latas de tinta de Lorilleaux Le Franc fueron tesoro doméstico: perfectas para el pan, los bizcochos o los tesoros de costura; un invento barrial antes de que existiera la palabra “reciclar”.
La talabartería enseñó que el cuero tiene memoria y que un apero bien hecho hace a la jornada; quienes pasaban por allí salían con historias nuevas y sillines listos para la ruta.
La carbonería dejaba un tizne cariñoso en la vereda y la farmacia Comolli anotaba remedios y consejos, armando ese tejido de confianza que sostiene la vida cotidiana en cualquier barrio.
El bar de la esquina fue la oficina de los carreros: ahí se arreglaban viajes, se cerraban precios y se mandaba algún telegrama de voz que cruzaba mesas con apodos de toda la vida.
El internado y su gente
De los patios a la capilla, todo se organizaba con horarios de campana; el rezo, la comida, el estudio y la pelota se iban repartiendo el día como un mantel tendido con precisión.
Los pasillos olían a tiza, cera y agua de colonia; cada aula con su crucifijo, sus bancos de madera y ese murmullo que avisa que la vida escolar es un río que no deja de correr.
El padre Figueiras, siempre prolijo, fue subiendo escalones hasta Monseñor; cuando lo trasladaron al Vaticano, el barrio lo contó como triunfo propio, de esos que se celebran en mesa grande.
Y el padre Rendo, con apellido futbolero, usaba anécdotas de potrero para enseñar; los pibes lo escuchaban entre risas, porque la catequesis con pelota era más llevadera.
Mapa afectivo de una manzana
Hay postales que vuelven: la puerta de hierro, el eco de la campana, la sombra de los eucaliptos, los vitrales filtrando colores, el rumor metálico de la locomotora Wren herida.
Cada elemento construyó una memoria de barrio tan simple como sólida; por eso, aunque cambien los usos, el cuento sigue, porque hay esquinas que guardan más de lo que muestran.
Los nuevos usos —plaza, camiones, diagonal latente— conviven con las huellas de otra época; la ciudad se mueve, pero el pasado insiste en darnos charla cuando lo llamamos por su nombre.
Si pasás por Masantonio y Monteagudo, mirá arriba y buscá los rasgos mudéjares; en esos detalles está escondida la llave de una historia que vale la pena seguir contando.
Guardemos la anécdota
Este relato invita a sumar voces: si tenés fotos, recuerdos o recortes, compartilos con tus vecinos; cada dato afina la memoria común y recupera el mapa de nuestras infancias.
Porque de eso se trata: de nombrar lo que existió para cuidar lo que viene; un barrio crece mejor cuando reconoce las manos y los oficios que le dieron forma al principio.





