Con más de 180 mil asistentes, el Parque de Pascuas ofreció diversión, cultura y shows gratuitos en pleno corazón de Palermo.

Una plaza convertida en mundo mágico

Durante las Pascuas, Plaza Seeber se transformó en un parque temático a cielo abierto y recibió a más de 180 mil personas con propuestas para todas las edades, desde los primeros pasos hasta los adolescentes curiosos.

En cada rincón había sorpresa: puestos de creación, juegos de destreza, estaciones sensoriales y espacios para pintar y descubrir, todo pensado para que la familia la pase bien sin apuro y al ritmo del barrio.

El ingreso fue ordenado y fluido, con señalética clara y anfitriones que guiaban a los visitantes; adentro, la consigna fue simple: jugar, aprender y compartir con respeto por los demás.

Juegos, talleres y escenarios

Hubo circuitos de movimiento donde los chicos corrían, saltaban y trepaban, kermés con anillos y puntería, y sectores inflables para quemar energía sin dejar de lado el cuidado y la seguridad.

Los talleres convocaron a familias enteras: desde huerta urbana y reciclado creativo hasta origami y construcción de juguetes, con materiales simples para que después se repita en casa.

La búsqueda del tesoro fue un hit, con pistas escondidas entre conejos gigantes y huevos decorados, y una meta final que premiaba el trabajo en equipo más que la velocidad.

Arte, ciencia y carcajadas

El laboratorio de ciencias se llenó rápido: experimentos con colores, cohetes de aire y burbujas que parecían planetas, explicados en criollo para que nadie se quede afuera del asombro.

En los escenarios se presentaron Los Cazurros, Urraka, Vuelta Canela y La Pipetuá, y cada show fue una fiesta que mezcló humor, música, teatro físico y participación del público sin perder la ternura.

Entre función y función, payasos, malabaristas y burbujólogos improvisaban en las calles internas, ese formato de vereda que convierte al parque en una gran peatonal de sonrisas.

“Vinimos a pasear un rato y nos quedamos todo el día: mi nena no se quería ir del laboratorio y mi nene no soltaba la kermés. Fue un plan simple y hermoso, de esos que te quedan”, contó una vecina con ojos brillosos.

Una experiencia inclusiva y cercana

Para que nadie se quede afuera, hubo espacios tranquilos de regulación sensorial, pictogramas y personal capacitado en acompañamiento, con prioridad para familias con niñas y niños con TEA.

Los baños, las áreas de lactancia y los puntos de hidratación estuvieron a mano y bien señalizados, algo que suma mucho cuando salís con peques y el reloj lo marcan las siestas.

También se cuidó el ambiente: contenedores diferenciados para separar residuos, vasos retornables y puestos que invitaban a reutilizar, con voluntarios explicando el porqué de cada gesto.

Gastronomía y feria de emprendedores

La zona gastronómica ofreció desde sandwichitos y licuados hasta opciones sin TACC, con precios claros y menús aptos para infancias, sin perder el gustito a salida en familia.

Además hubo una feria que puso en valor el trabajo local: emprendedores de objetos, juegos didácticos y dulces de receta barrial, ideales para llevarse un recuerdo hecho con manos vecinas.

La música de fondo fue suave en los pasillos y festiva en los escenarios, así cada familia encontró su ritmo sin pisarse, entre mate, charla y una foto con el conejo de Pascuas.

Organización y seguridad que se notan

El operativo de ingreso, la presencia de personal de salud y los puestos de orientación hicieron la diferencia para ordenar un caudal tan grande de visitantes sin perder amabilidad.

Los tránsitos internos estuvieron bien distribuidos, con corredores amplios y “islas” de descanso bajo sombra, porque disfrutar también es sentarse un rato y mirar a los chicos jugar.

Quienes llegaron en transporte público tuvieron indicaciones claras desde las paradas cercanas, y las bicis encontraron su rincón de estacionamiento, ese detalle que anima a moverse sin auto.

Lo que dejó el Parque de Pascuas

El saldo fue un gran “volver a encontrarnos”: familias de toda la Ciudad compartiendo juegos, ciencia y arte, sin pantallas de por medio y con ganas de quedarse un rato más.

Para los más chicos fue descubrimiento y risa; para los grandes, una excusa para bajar un cambio y mirar de cerca la infancia, esa escuela que nos vuelve a enseñar lo importante.

Quedó claro que cuando hay propuesta gratuita y de calidad, el espacio público se vuelve el mejor de los patios, y el barrio entero toma la forma de una gran plaza compartida.

Postales que valen por mil palabras

Huevos gigantes pintados a mano, conejos que saludan desde lejos y chicos corriendo con mapas de pistas, armaron esa foto que después se cuenta en la mesa del domingo.

Una abuela enseñando a su nieto a tirar al aro, un papá haciendo fila para la ciencia como si fuera un nene de diez, y dos amigas pegando calcos de colores: el parque multiplicó ternuras.

Y entre tanto movimiento, también hubo silencio lindo: el de las miradas atentos a un artista, ese respiro que te recuerda que el arte hace foco incluso en medio del bullicio.

Recomendaciones que quedaron picando

Llevar botella reutilizable, protector solar y ganas de probar algo nuevo son tres básicos que funcionaron; el resto vino solo con el clima de fiesta que armó la gente.

Después de un día así, muchas familias se fueron con ideas para repetir en casa: una mini kermés en el living, una huertita en macetas o un show casero con canciones inventadas.

Quedaron, sobre todo, ganas de más encuentros que mezclen juego, cultura y cuidado, porque ahí es donde la Ciudad se hace cerquita, amable y con nombre propio.

 

Por Pablo L.