Con el álbum 2026 como excusa, vecinos de distintas edades se encuentran en plazas, esquinas, galerías y comercios para cambiar repetidas, buscar las difíciles y acercarse a completar los 980 espacios.
Un álbum que volvió a mover a los barrios
Antes de que empiece a rodar la pelota, el Mundial ya se siente en las veredas porteñas: las figuritas volvieron a juntar a chicos, familias y vecinos alrededor del álbum 2026. En plazas, esquinas y comercios, la escena se repite con una ansiedad conocida: mirar números, separar repetidas y encontrar esa que todavía falta.
La cuenta regresiva para la Copa del Mundo puso a muchos en una misma carrera: completar las 112 páginas y los 980 espacios del álbum. Lo que parece un juego de papel termina ocupando tardes enteras, recorridas por distintos barrios y charlas entre personas que, hasta ese momento, no se conocían.
El movimiento tiene algo muy simple y muy barrial: nadie necesita una gran organización para que el intercambio empiece. Alguien llega con un pilón, otro pregunta por un número, alguien muestra las repetidas y, en pocos minutos, se arma una ronda donde todos entienden las reglas sin demasiadas explicaciones.
En ese clima aparece Mateo, de 12 años, que vive en Villa Urquiza y sigue buscando una de las pocas figuritas que le faltan. En medio del intercambio, su pilón queda frenado en el colombiano Luis Díaz, justo antes de que el grito lo saque del silencio de la búsqueda.
«Late, late, late, late… Nola!»
La frase de Mateo resume una parte de esta fiebre mundialista: cada figurita puede ser una alegría, una decepción o una nueva negociación. En las rondas nadie parece estar apurado por irse, porque el tiempo queda medido por otra cosa: cuántas faltan, cuántas sobran y quién tiene la próxima oportunidad de destrabar el álbum.
Parques que se llenan de pilones, listas y voces
El Parque Centenario aparece como una de esas postales fuertes de la temporada. Un domingo por la tarde, entre manos que revisan números y voces que se cruzan, el lugar se transforma en un punto de encuentro para cambiar figuritas del Mundial. Chicos, chicas, padres y abuelos comparten el mismo objetivo, aunque cada uno llegue con su propia lista.
La escena tiene mucho de juego, pero también de ansiedad. En cada pilón hay una pequeña promesa: la posibilidad de encontrar justo esa figurita que falta para completar una página. Por eso se mira con atención, se compara, se consulta y se vuelve a revisar, como si entre las repetidas pudiera aparecer la llave de todo el álbum.
El fenómeno se metió en muchos lugares de la vida cotidiana: el álbum circula en el colectivo, en la escuela y en la oficina. No distingue demasiado por edad ni por rutina. Chicos de cuatro años y veteranos de setenta comparten la misma pregunta de siempre: cuáles faltan y cuáles están para cambiar.
Aunque existen aplicaciones digitales para llevar el control de los números, la costumbre sigue siendo muy de mano en mano. Las listas, las bolsitas, las gomitas y los pilones sostienen un ritual profundamente analógico, donde la pantalla puede ayudar, pero no reemplaza el momento de encontrarse con otro y negociar cara a cara.
Los parques Rivadavia y Centenario, en Caballito, aparecen entre los lugares más concurridos. Allí, las rondas se forman solas y el intercambio avanza sin necesidad de convocatoria formal. Cada grupo arma su propio ritmo, con voces que cantan números y manos que pasan figuritas de un lado al otro.
Pero la búsqueda no se queda en un solo punto de la Ciudad. También hay movimiento en el Parque Lezama, en el Parque Saavedra, en Las Heras y en el Parque Avellaneda. Cada barrio encuentra su propio lugar para vivir la fiebre del álbum, con vecinos que llegan de paso o que ya saben dónde se arma la ronda.
Esquinas y galerías que también entraron en modo Mundial
Además de las plazas, algunas esquinas se volvieron paradas fijas casi sin que nadie lo haya decidido. Una de ellas es Monroe y Ciudad de la Paz, en Belgrano, donde los fines de semana se reúne gente para cambiar repetidas y buscar las figuritas pendientes. El punto ya funciona como parte del mapa informal del álbum.
Esa esquina también guarda una historia que muestra cómo el ritual pasa de una generación a otra. Santiago tenía cuatro años cuando fue por primera vez con su mamá, volvió en 2018, volvió en 2022 y ahora regresa con 16 años. Su recorrido muestra que el álbum no es solo una moda de temporada, sino una costumbre que vuelve con cada Mundial.
Cambian los jugadores, cambian los diseños y cambia la edad de quienes participan, pero la lógica sigue siendo parecida. La ronda, la lista de faltantes y la pregunta por las repetidas siguen siendo el corazón del intercambio. Para muchos, lo importante no es únicamente completar el álbum, sino volver a esa ceremonia compartida.
También aparecen galerías sobre avenidas clásicas como Cabildo, Santa Fe y Triunvirato. Son espacios largos, techados y con mucho paso de gente, ideales para que el movimiento se mantenga. En esos pasillos, el álbum funciona como una excusa para frenar unos minutos, abrir el pilón y entrar en conversación con otro vecino.
La imagen se repite con una naturalidad muy porteña. Alguien pregunta por un número, otro responde que lo tiene, un tercero mira su lista y de pronto se arma una pequeña ronda. El Mundial todavía no empezó, pero el clima ya se siente en la vereda, en esas charlas cortas que terminan uniendo desconocidos por una figurita.
Comercios de barrio que se suman al entusiasmo
La fiebre también llegó a los negocios de cercanía. Algunos comercios entendieron rápido el movimiento y se subieron con propuestas propias. En Caballito, una pizzería regala un sobre de figuritas con la compra de ocho porciones de pizza o seis empanadas, una mezcla bien barrial entre comida al paso y ansiedad mundialista.
La promoción junta dos escenas que conviven muy bien: pasar por una pizzería del barrio y salir con una chance más para el álbum. Un sobre puede parecer poco, pero para quien está cerca de completar una página puede valer muchísimo. Ahí está parte del encanto de esta fiebre: cualquier compra, salida o caminata puede terminar en una nueva figurita.
En Once, un cotillón también decidió sumarse y pegó en la vidriera un cartel para organizar una juntada los sábados por la tarde. El gesto muestra que ningún rincón quiere quedarse afuera del movimiento mundialista. Plazas, galerías, esquinas y locales se van sumando a una red que crece sin demasiada formalidad.
Lo que empezó como un intercambio espontáneo termina armando un mapa de encuentros. Hay familias que van con sus hijos, amigos que vuelven juntos, vecinos que frenan de pasada y otros que llegan con el álbum bajo el brazo. Completar los 980 espacios puede parecer una misión individual, pero en la práctica se vuelve colectiva.
Ese es el punto más fuerte de la historia: para llegar a la figurita que falta, casi siempre hace falta otro. El álbum obliga a mirar alrededor, preguntar, escuchar y negociar. En tiempos donde muchas cosas se resuelven desde una pantalla, esta costumbre todavía pide plaza, vereda, voz y paciencia.
El Fan Fest también tendrá su espacio para cambiar figus
El intercambio también tendrá un lugar dentro del Buenos Aires Fan Fest de Palermo. Allí, la Plaza Seeber será punto de encuentro del 11 de junio al 19 de julio para quienes quieran completar el álbum, compartir la pasión mundialista y encontrarse con otros hinchas.
La propuesta busca recuperar una de las tradiciones más queridas de cada Mundial: abrir el álbum, mostrar las repetidas y cambiar figus con otros hinchas. La invitación aparece directa y sencilla, con ese tono que cualquiera reconoce cuando está metido en la búsqueda: “Vení a cambiar tus figus al Buenos Aires Fan Fest”.
En esa frase entra buena parte de lo que está pasando en la Ciudad. El álbum vuelve a mover familias, amistades, recorridas y conversaciones. No se trata solo de juntar papelitos numerados, sino de recuperar una costumbre que cada cuatro años vuelve a ocupar plazas, comercios y esquinas.
Al final, las figuritas son mucho más que una colección. Son caminata, espera, charla, ronda y celebración anticipada. Buenos Aires volvió a reconocer ese ritual mundialista en sus barrios, con vecinos que buscan completar el álbum antes de que la pelota empiece a rodar.





